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Ciudad medieval

fabian | 13 Abril, 2005 19:32

No he terminado las tareas que tenía para hoy. Margarita, mi mujer(!), me ha dicho que saliéramos esta tarde. Ella se lo prepara mediante un libro sobre Palma y planifica y dirige el itinerario. Yo me dejo llevar. Lo malo es que entre otras visitas - la de hoy, la capilla donde yacen los restos de Ramon Llull - entra en los grandes almacenes. Yo la espero en la calle y esta espera se hace larga.

Calles y callejones. Edificios antiguos. "Calle de los carpinteros", "Calle de los peleteros" ... ciudad antigua que sólo conserva los nombres de la ciudad medieval, de los gremios artesanos en los que se entraba como aprendiz y, tras bastantes años de aprendizaje y una difícil prueba, se accedía al rango de oficial. ¿Vivían todos los carpinteros en la misma calle? Hoy no queda ninguno en ella. En la ciudad actual no se ve trabajar más que a los dependientes de los comercios. La gente pasea, se sienta en algún rincón donde un tibio y agradable sol vespertino calienta incluso el frío aire que atraviesa la ciudad. ¿Se trabaja enla ciudad actual?

artesanos

El único taller que he encontrado en toda la tarde. El tapicero, en el momento de hacer la foto se había trasladado hacia la parte derecha de la fotografía. Alguien sí trabaja, quizás sólo esta persona.

Cuando yo era niño había muchos talleres parecidos a éste. Muchos y muy variados. Incluso algunos ocupaban parte de la calle con sus materiales y herramientas. Los niños nos parábamos a ver cómo se trabajaba. Las herramientas que utilizaban. Recuerdo los paneles donde colgaban las herramientas. Alicates de distintos tamaños, sierras, tenazas... Eran muy escrupulosos con ellas y su orden. Incluso recuerdo en los bancos las anotaciones a mano que hacía el cajero y cómo, mediante papel carbón se hacían varias copias de una operación y luego se añadían a unos pinchos donde se sujetaban los del mismo color.

Hoy no vemos nada. Los niños de hoy no ven trabajar a nadie. Esto del trabajo es algo que se hace como a escondidas. Hoy ni siquiera se pesan los productos ni se envuelven. Hoy incluso han desaparecido los olores que sentíamos al acercarnos a los ultramarinos en los que el café se molía. Ni tan siquiera vemos las manos manchadas de los mecánicos que en plena calle revisaban las bujías o analizaban el carburador del coche. Una impóluta secretaria nos atiende y no sabemos ya ni cómo se abre el capó del coche. Hemos perdido olores, sonidos (a veces molestos) y saberes de esas ciudades no tan medievales en que se trabajaba a la vista de todos. Hemos perdido una parte importante de la educación que proporcionaban.

[...] Seguí mi viaje
Como quien de la vida nada espera.
Pasé frente a la rueda del molino,
Me detuve delante de una tienda:
El olor del café siempre es el mismo,
Siempre la misma luna en mi cabeza;
Entre el río de entonces y el de ahora
No distingo ninguna diferencia.
Lo reconozco bien, éste es el árbol
Que mi padre plantó frente a la puerta
(Ilustre padre que en sus buenos tiempos
Fuera mejor que una ventana abierta).
Yo me atrevo a afirmar que su conducta
Era un trasunto fiel de la Edad Media
Cuando el perro dormía dulcemente
Bajo el ángulo recto de una estrella.

A estas alturas siento que me envuelve
El delicado olor de las violetas
Que mi amorosa madre cultivaba
Para curar la tos y la tristeza.
Cuánto tiempo ha pasado desde entonces
No podría decirlo con certeza;
Todo está igual, seguramente,
El vino y el ruiseñor encima de la mesa,
Mis hermanos menores a esta hora
Deben venir de vuelta de la escuela:
¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo
Como una blanca tempestad de arena!

Nicanor Parra: Hay un día feliz (fragmento)

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