fabian | 15 Febrer, 2006 19:00
Desde el instituto se divisa una mancha marrón muy bonita. La forman un grupo de árboles llamados melia azedarach, árboles muy comunes hoy en las ciudades pues se utilizan mucho en la jardinería urbana. Sus frutos, que es lo que en invierno cuelga de sus ramas ya que las hojas las perdió al empezar el invierno, son bolitas de color marrón amarillento y, me dicen, tienen usos medicinales y tóxicos. Las copas, vistas desde la lejanía, presentan un marrón hermoso.
Margarita me ha arrastrado esta tarde a unos grandes almacenes de estos que hay en las afueras de la ciudad, por ello mi corazón está frío. Intento entrar en algo amigable a través de estas imágenes realizadas hace pocos días. Con la cámara me estoy convertiendo en un depredador de imágenes. Se convierte en una costumbre problemática. Vaya donde vaya mis ojos buscan un color, una forma, un detalle al que poder sacar una fotografía. Cuando la obtengo es como si hubiera capturado el alma de esa forma y, tranquilo, la observo, la guardo y no me atrevo a decir que la mimo, aunque sí pienso si podría modificarla de algún modo que me agradara más. Así, al salir de casa, siempre con la cámara en el bolsillo, resurge nuevamente esa ansiedad, esa búsqueda que conduzca a la captura de alguna imagen y atravieso las calles diariamente transitadas rastreando la mirada y con el ansia de hallar algo no visto aún.

Tanit, diosa púnica de la naturaleza.
Estatuilla encontrada en Ibiza/Eivissa y que pertenece a su museo
Atravesamos con parsimonia el bosque, porque la carretera estaba sembrada de surcos y baches y porque empezó a trepar la montaña casi enseguida. Estos bosques son muy profundos, oscuros incluso en el mediodía más radiante, con el frío tétrico del interior de una iglesia. Cuando los cruzas, te ves rodeado por completo de árboles, y por un silencio palpitante. Desde el carro no se ve nada en kilómetros a la redonda, excepto troncos de árboles y maleza, una espesa mezcla de abetos y dispersas especies de madera dura. La altura de muchos árboles es tremenda, y sus copas ocultan el cielo. Es como avanzar entre las columnas de una catedral inmensa, pero oscura, una catedral encantada donde esperas vislumbres de la Virgen Negra o santos mártires en cada nicho. Observé al menos una docena de especies arbóreas diferentes, entre ellas altísimos castaños y robles de un tipo que nunca había visto.
[...] Daba la impresión de que nuestro conductor no admiraba esta belleza. Tal vez, cuando vives toda la vida entre tales escenarios, no quedan registrados como "belleza", sino como el mundo en sí.
Elizabeth Kostova: La historiadora, cap. 46, págs. 427 - 428
No es infrecuente que nos demos cuenta de algo hermoso a través de las palabras de un extranjero que alaba ese rincón tantas veces visto y que forma parte de lo cotidiano. Quizás por eso, para la fotografía se hace necesario renovar la mirada como si fuéramos un recién llegado.
Fabián | 16/02/2006, 19:52
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Será el invierno?
Angel Puigdelliure | 16/02/2006, 14:07